La jornada del muerto vista por los ojos de la esposa

Muy poco se sabe sobre Annabel Livermore. Su obra se ha visto en algunos museos importantes de Texas y California, sólo unos cuantos la conocen y su nombre circula como un rumor entre los habitantes de El Paso, a donde se mudó hace más de 30 años.
Annabel Livermore
20 Ago 2008
26 Oct 2008

Muy poco se sabe sobre Annabel Livermore. Su obra se ha visto en algunos museos importantes de Texas y California, sólo unos cuantos la conocen y su nombre circula como un rumor entre los habitantes de El Paso, a donde se mudó hace más de 30 años. Originaria de Michigan y de profesión bibliotecaria, podemos imaginarla como una dama conservadora surgida de un cuento de Henry James o de una novela de D. H. Lawrence: recatada y muy religiosa, mas con una inquietud artística e intelectual tan apremiante, así como con tal necesidad de buscarse a sí misma, que la motivaron a viajar por el mundo, antes de instalarse en Nueva York, en donde empezó a pintar sin ninguna formación académica previa; por ello, en su pintura se nota una factura que no deja lo naif.
A Livermore se le ha relacionado con Seraphine Louis (1864-1942), una sencilla campesina francesa, que durante periodos de trance pintaba "flores sobrenaturales de impresionante colorido", hasta que un buen día cesaron sus visiones y dejó la pintura. A Livermore también le gusta pintar las flores de su jardín. Su obra más temprana, producida en la década de los ochenta, es cercana a la estética -y a la ingenuidad- del exvoto mexicano. Refleja el impacto que tuvo en su espíritu la vida nocturna de Ciudad Juárez, así como la efervescencia plástica y colorida del catolicismo al sur de la frontera. Esta dama, que creció entre huertos de manzanos, caminó como Cristo entre los pecadores por las calles mortecinas de la ciudad más mórbida a la redonda. En la boca del infierno halló las puertas de la redención.
 
Cuando puede se retira al desierto, le gusta estar en silencio y en comunión con los paisajes vastos y desolados de esa tierra infértil y candente, que hace eco al de la Tierra Santa de Jerusalén. En los noventa tomó su Cadillac 62 y recorrió varios kilómetros, a lo largo del Río Grande, para pintar la serie Big Bend. Muchos se han preguntado cómo una dama, habituada a retratar su jardín, con el sonido de una fuente gorgoteante, llega a convertirse en la protagonista de una aventura On the road, más propia de los jóvenes del clásico relato de Jack Kerouac.
 
En estas pinturas, la luz y el movimiento de los trazos hacen del paisaje una experiencia mística; a través de ellas se vislumbra lo que no se deja ver por los ojos mortales: "Cuando ella colocó sus pies sobre el suelo ante estas magníficas escenas, a pleno calor del día y en noches oscuras y frescas, experimentó más de lo que vio con sus ojos. Sus pinturas son como de ensueño, revelan los misterios ocultos del lugar"1. Para la artista "la belleza es la puerta de la verdad": "primero veo con el pecho antes de mirar por los ojos"2, comenta. Ante la demasía de lo natural, se revela un orden sobrenatural de poderosa belleza, seno predilecto del sentimiento religioso al que se apegan los fervientes.
 
Annabel habita en una vieja y bella casa tipo victoriana, cerca del centro de la ciudad. Su temperamento puede ser tan dócil como el de una santa y tan terrible y amargo como el de una vieja solterona. Es evasiva y volátil, atemporal e inmaterial, no sabemos cuántos siglos atravesó o en cuántos cuerpos ha encarnado, pero el escultor James Magee la conoció en Nueva York a finales de los setenta, cuando pasaba por una fuerte depresión. Un cura amigo suyo le sugirió "observar el trabajo de la mano de Dios para apreciar mejor las maravillas del mundo"3; ese verano compró sus primeras acuarelas y empezó a pintar. Annabel se convirtió desde entonces en su más íntima compañera. Llevan una relación muy cercana: ella es su delicada huésped y él teme que algún día lo deje. Algunos se sienten cómodos cuando explican que Livermore es el alter ego de Magee, quizá su lado femenino, un seudónimo; otros imaginan episodios de drag queens; también hay quienes resuelven que se trata de un caso de esquizofrenia. Será quizá un fantasma posesionado de su cuerpo o simplemente su amiga imaginaria.
 
James lleva por lo menos una doble vida, si no es que vive múltiples vidas; en ese sentido, es como Ciudad Juárez/El Paso, una ciudad doble. Con una única mancha urbana y en constante intercambio social y comercial, pero atravesada por el límite entre dos países que parecieran mundos distintos, a veces inconciliables. Frontera donde se trastocan las diferencias, línea dúctil que permite asomarse al otro lado y equilibrar los opuestos. Será por ello que ahí se siente bien. Tiene un modesto hogar frente al panteón y sólo visita la casa de la artista para comer palomitas, cuando ella pinta.
 
Lo reprimido suele retornar como maldición; véase cómo se desdobla el personaje en la novela del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, cuya determinación es la destrucción. Por el contrario, a través de la sublimación creativa, Livermore aparece como espíritu bondadoso que toma entre sus manos al caído, al hijo desviado. En 2001, el escultor había perdido su segunda pierna y tras debatirse con la muerte encontró un lugar en el desierto para hacer un retiro. Así llegó a Jornada del Muerto, un valle en Nuevo México que lleva ese nombre por ser una cuenca en la que muchos han dejado la vida. En la época de la Conquista, miles de indígenas quedaron atrapados por la inclemencia del lugar, intentando huir de los españoles; tal como sus descendientes siguen muriendo hoy, al cruzar ilegalmente a los Estados Unidos.
 
Absorta por los horizontes desérticos: cielos estratosféricos recortados por cadenas de montañas lejanas, la pintora plasmó una tierra erosionada por el aire, surcada de lluvia y habitada por luces misteriosas. Sin electricidad, teléfono ni agua corriente, sin otra gente en kilómetros a la redonda que la pareja de rancheros que le prestaron esa choza -incrédulos de que alguien quisiera habitarla-, durmió en medio del silencio. Después de seis semanas aislada regresó a su taller con diez bocetos. Cinco años más de trabajo precisó para concluir la serie.
 
Con Jornada del muerto vista por los ojos de la esposa del ranchero (2001-2006) Livermore llega a una deliciosa madurez plástica y a una plena experiencia trascendental. La esposa del ranchero y Annabel establecieron una buena amistad, por lo que, durante su estancia, compartieron el desayuno una vez por semana. Sus conversaciones giraban en torno al tono eclesiástico que se advierte en ese lugar. Es por ello que en esta serie, en donde el plano terrestre aparece como una mínima referencia que da pie a impresionantes horizontes, la artista sugiere que las pinturas reflejan la mirada de la esposa del ranchero sobre el cielo que, antes de sucumbir a la noche, abre las puertas para que los simples mortales se congracien con un viso de lo divino.
 
Curador: Itala Schmelz

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