LA OFENSIVA DEL POLVO. DIEGO PÉREZ

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Diego Pérez
18 May 2023
15 Oct 2023

Los objetos que se emplazan en este espacio provienen del lento quehacer de unas manos que modifican la materia. Al contrario de diversas tendencias en el arte del siglo pasado, como el minimalismo o los conceptualismos, Diego Pérez ha procurado que cada una de sus obras cargue la impronta del trabajo manual. En su quehacer la labor presupone al placer. Sus obras son hechas —herramientas mediante— con su propio tesón que a veces lleva al acierto, o al lugar que la mano, la cabeza y el corazón premeditan, y otras veces acontece el error, que por supuesto, es también fecundo. En el incesante quehacer creativo de Diego todo fenómeno es materia estética y, a veces, una oportunidad epifánica.

Las obras que pone en común ofrecen un conjunto de ideas y de propuestas específicas que exigen un modo de ver, una lúdica y humorosa mirada que vaya y venga, ambivalente, de la inocencia y el asombro a la exquisitez y la sofisticación.

Sus objetos no pertenecen de manera limitada al reino de lo simbólico y se desplazan, como contrabandistas estéticos, para cambiar de condición y devenir objetos útiles, y luego otra vez objeto simbólico, y luego dibujo y del dibujo al texto en una transmutación tan fantástica como posible. Un objeto que se usa como mesa en el hogar —que se constituye de una tabla horizontal y unas patas— es instalado en un museo para inquirir las herencias de la modernidad, de los constructivismos y los funcionalismos.

Esta potencia transformativa pretende anular la división categórica entre el arte y lo otro —lo útil. Los objetos que crea existen bajo el principio de que son hermosos y son útiles. En su mundo, la hermosura no es un valor aislado ni autosuficiente, sino que hechura y sentido guardan indisoluble relación.

Desde hace décadas ya, su quehacer encuentra también terreno fértil en el oficio de la jardinería. Las horas de sus días se multiplican entre su taller, la cocina y los lentos jardines. La práctica de este oficio valora a la realidad mundana, a la técnica y a los sentidos como fuente de conocimiento. Sus jardines formulan una teoría estética —no sobra recordar que la voz “cultura” goza la misma que “cultivo”— y postulan una ética sobre el gozo: son obra de arte viva que se crea en relación, todx jardinerx sabe que no se hace sino en colaboración.

Pienso en las naturalezas muertas, esas imágenes que nos ofrecen la parálisis —¿como toda imagen? De forma opuesta, los jardines y las plantas nos brindan desde su aparente inmovilidad la transitoriedad de la vida. Los objetos anómalos y transmutables de Pérez, como las plantas, no pretenden la falsa eternidad que los museos procuran, aceptan su condición de futura ruina, y si bien no persiguen a la muerte, tampoco la niegan: reciben con gusto al polvo que nos recuerda que estamos, siempre, de paso.

Mauricio Marcin Álvarez


Curaduría: Mauricio Marcin Álvarez
Asistente curatorial: Isabel Sonderéguer

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