León Ferrari Obras 1976-2008

Si algo desconcierta y deslumbra en la obra de León Ferrari es la diversidad de investigaciones que desarrolla al mismo tiempo. Así fue en los años sesenta y lo es, todavía más, en la actualidad. Mientras dibuja con delineador guta las palabras de San Alfonso explicando la eternidad del infierno, en una inmensa tela donde los textos se abigarran y la tinta con la cual escribe se extiende y chorrea hasta convertir las frases en manchas casi indescifrables, con la otra mano —o entre palabra y palabra— León anuda alambres, pega lauchas de plástico, rellena huecos con poliuretano o engarza los cristales de sus mágicas esculturas aéreas. Un recorrido por su taller es una experiencia única que nos pone en contacto con una obra compleja e impregnada de humor. Ferrari mezcla materiales y temas; citas bíblicas y poéticas; papeles, telas, alambres, videos y poliuretanos; el amor, la sensualidad, la locura de la gran ciudad, la execración de la guerra o la más desmedida crueldad disfrazada de bondad. Tan poético como polémico, León Ferrari nos seduce con la exquisitez de sus dibujos y con sus monumentales controversias. En 1965 coloca un Cristo de santería sobre un bombardero norteamericano como denuncia contra la guerra de Vietnam. Desde entonces produce una extensa obra para demostrar, de múltiples maneras, que el fundamento de la violencia en Occidente radica en sus textos sagrados. León llevó al extremo sus intentos por exterminar los tormentos que esperan a los pecadores en el infierno, pidiendo su destrucción y la abolición del Juicio Final en varias cartas dirigidas al Papa que fueron firmadas por cientos de intelectuales argentinos. Todavía aguarda una respuesta. La retrospectiva de León Ferrari, realizada en el Centro Cultural Recoleta en 2004 provocó controversias que cruzaron las fronteras y colocaron su nombre en los encabezados de los principales diarios del mundo: el conjunto de la obra que desarrolla desde 1954 pudo ser entonces valorado e internacionalmente difundido. Este reconocimiento alcanzó su punto máximo cuando el jurado de la 52a Bienal de Venecia le otorgó el León de Oro a fines de 2007. Para otorgar el galardón se consideraron tanto valores como la calidad de su obra como su ética. En abril de 1982 León Ferrari realizó su primera exhibición en México, en el Museo de Arte Carrillo Gil (MACG). Entonces presentó una retrospectiva de sus dibujos desde los años sesenta y la obra que en ese momento estaba realizando: sus planos y heliografías. La exposición León Ferrari. Obras 1976-2008 reunió trabajos que en esa ocasión donó al MACG, más una nueva selección de obras gráficas que se incorporan al acervo del Museo tras esta nueva exhibición. La propuesta era mostrar en México los desarrollos que siguieron desde esas emblemáticas heliografías hasta sus dibujos más recientes; como el que se originó a partir de los planos enloquecidos hasta las animaciones que realizó con Gabriel Rud de esas mismas plantas arquitectónicas, habitadas por hombrecitos y autos que se mueven en espacios domésticos y urbanos imposibles. En ellas nos sentimos como uno de sus personajes, recorriendo a toda velocidad esos espacios improbables en la vida real. La serie "Nosotros no sabíamos" (1976-1992) nos confronta con la represión en Argentina. Pasaron varios años hasta que León encontró formas para representar la violencia. En 1976, cuando todavía estaba en Buenos Aires —antes de partir con su familia a São Paulo, donde pasó los años de exilio—, pegó en hojas de papel todas las noticias publicadas en los diarios de esa ciudad sobre cadáveres atados, quemados o fusilados que aparecían en las localidades argentinas. Cuando terminó la dictadura, fotocopió estas páginas, las anilló, y les puso como título "Nosotros no sabíamos": la misma frase que muchos repetían al tiempo que se revelaba la existencia de cientos de campos de concentración en el país, la tortura, la muerte y las desapariciones. Entonces, todos sabían. Sabían de la alianza entre los dictadores y la jerarquía de la Iglesia, los confesores, tranquilizadores de conciencias, que liberaban de pecado a los militares que arrojaban cuerpos vivos desde los aviones al Río de la Plata. En los collages para el "Nunca más" (1995) —informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) durante la dictadura, publicado en 1985— Ferrari yuxtapone militares argentinos y nazis, papas y arzobispos. La inmoralidad de una alianza prolongada. En L’Osservatore Romano (2000-2001) aproxima los títulos del diario del Vaticano con imágenes reveladoras: “Los jóvenes cristianos deben estar dispuestos a dar la vida por su fe, como los apóstoles y los mártires” anuncia el periódico, y León pega una foto de los jóvenes militares argentinos entre los que destaca el genocida Astiz. Y luego el goce del dibujo, de la línea sensual y libre que se desplaza por el espacio. La línea que es sólo un recorrido sobre el plano, un sendero placentero que cruza de punta a punta la superficie de la tela o que se abigarra en los textos que describen el infierno o el fin del Edén (como en Principio y fin de la ecología). Transcripciones casi ilegibles de las descripciones de quienes dicen que vieron el infierno y que copia con todo detalle sobre sus grandes telas, para que, una y otra vez, conozcamos el espanto y la crueldad de esos textos supuestamente bondadosos. La exposición reunió también una selección de sus más recientes poliuretanos. Esculturas que comenzaron cuando retomó los alambres anudados (2004-2005) y descubrió esa resina, esa espuma colocada con aerosol que se ensancha en formas que lo sorprenden. Un material liviano, que continúa expandiéndose y pinta con colores brillantes agregándole lauchas, gatos, loros, huesos. Nuevamente el humor. En las obras de León Ferrari coexisten la denuncia implacable y la más gozosa belleza. Sus collages y esculturas nos llevan de la sonrisa a la consternación, de la alegría a la furia. Una obra frente a la cual es imposible una contemplación tranquila, imperturbable, serena. Nos involucran el encanto de las formas y lo ineludible del sentido representado.
León Ferrari
21 May 2008
03 Ago 2008

Si algo desconcierta y deslumbra en la obra de León Ferrari es la diversidad de investigaciones que desarrolla al mismo tiempo. Así fue en los años sesenta y lo es, todavía más, en la actualidad. Mientras dibuja con delineador guta las palabras de San Alfonso explicando la eternidad del infierno, en una inmensa tela donde los textos se abigarran y la tinta con la cual escribe se extiende y chorrea hasta convertir las frases en manchas casi indescifrables, con la otra mano —o entre palabra y palabra— León anuda alambres, pega lauchas de plástico, rellena huecos con poliuretano o engarza los cristales de sus mágicas esculturas aéreas. Un recorrido por su taller es una experiencia única que nos pone en contacto con una obra compleja e impregnada de humor. Ferrari mezcla materiales y temas; citas bíblicas y poéticas; papeles, telas, alambres, videos y poliuretanos; el amor, la sensualidad, la locura de la gran ciudad, la execración de la guerra o la más desmedida crueldad disfrazada de bondad.

Tan poético como polémico, León Ferrari nos seduce con la exquisitez de sus dibujos y con sus monumentales controversias. En 1965 coloca un Cristo de santería sobre un bombardero norteamericano como denuncia contra la guerra de Vietnam. Desde entonces produce una extensa obra para demostrar, de múltiples maneras, que el fundamento de la violencia en Occidente radica en sus textos sagrados. León llevó al extremo sus intentos por exterminar los tormentos que esperan a los pecadores en el infierno, pidiendo su destrucción y la abolición del Juicio Final en varias cartas dirigidas al Papa que fueron firmadas por cientos de intelectuales argentinos. Todavía aguarda una respuesta.

La retrospectiva de León Ferrari, realizada en el Centro Cultural Recoleta en 2004 provocó controversias que cruzaron las fronteras y colocaron su nombre en los encabezados de los principales diarios del mundo: el conjunto de la obra que desarrolla desde 1954 pudo ser entonces valorado e internacionalmente difundido. Este reconocimiento alcanzó su punto máximo cuando el jurado de la 52a Bienal de Venecia le otorgó el León de Oro a fines de 2007. Para otorgar el galardón se consideraron tanto valores como la calidad de su obra como su ética.

En abril de 1982 León Ferrari realizó su primera exhibición en México, en el Museo de Arte Carrillo Gil (MACG). Entonces presentó una retrospectiva de sus dibujos desde los años sesenta y la obra que en ese momento estaba realizando: sus planos y heliografías.

La exposición León Ferrari. Obras 1976-2008 reunió trabajos que en esa ocasión donó al MACG, más una nueva selección de obras gráficas que se incorporan al acervo del Museo tras esta nueva exhibición. La propuesta era mostrar en México los desarrollos que siguieron desde esas emblemáticas heliografías hasta sus dibujos más recientes; como el que se originó a partir de los planos enloquecidos hasta las animaciones que realizó con Gabriel Rud de esas mismas plantas arquitectónicas, habitadas por hombrecitos y autos que se mueven en espacios domésticos y urbanos imposibles. En ellas nos sentimos como uno de sus personajes, recorriendo a toda velocidad esos espacios improbables en la vida real.

La serie "Nosotros no sabíamos" (1976-1992) nos confronta con la represión en Argentina. Pasaron varios años hasta que León encontró formas para representar la violencia. En 1976, cuando todavía estaba en Buenos Aires —antes de partir con su familia a São Paulo, donde pasó los años de exilio—, pegó en hojas de papel todas las noticias publicadas en los diarios de esa ciudad sobre cadáveres atados, quemados o fusilados que aparecían en las localidades argentinas. Cuando terminó la dictadura, fotocopió estas páginas, las anilló, y les puso como título "Nosotros no sabíamos": la misma frase que muchos repetían al tiempo que se revelaba la existencia de cientos de campos de concentración en el país, la tortura, la muerte y las desapariciones. Entonces, todos sabían. Sabían de la alianza entre los dictadores y la jerarquía de la Iglesia, los confesores, tranquilizadores de conciencias, que liberaban de pecado a los militares que arrojaban cuerpos vivos desde los aviones al Río de la Plata.

En los collages para el "Nunca más" (1995) —informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) durante la dictadura, publicado en 1985— Ferrari yuxtapone militares argentinos y nazis, papas y arzobispos. La inmoralidad de una alianza prolongada. En L’Osservatore Romano (2000-2001) aproxima los títulos del diario del Vaticano con imágenes reveladoras: “Los jóvenes cristianos deben estar dispuestos a dar la vida por su fe, como los apóstoles y los mártires” anuncia el periódico, y León pega una foto de los jóvenes militares argentinos entre los que destaca el genocida Astiz.

Y luego el goce del dibujo, de la línea sensual y libre que se desplaza por el espacio. La línea que es sólo un recorrido sobre el plano, un sendero placentero que cruza de punta a punta la superficie de la tela o que se abigarra en los textos que describen el infierno o el fin del Edén (como en Principio y fin de la ecología). Transcripciones casi ilegibles de las descripciones de quienes dicen que vieron el infierno y que copia con todo detalle sobre sus grandes telas, para que, una y otra vez, conozcamos el espanto y la crueldad de esos textos supuestamente bondadosos.

La exposición reunió también una selección de sus más recientes poliuretanos. Esculturas que comenzaron cuando retomó los alambres anudados (2004-2005) y descubrió esa resina, esa espuma colocada con aerosol que se ensancha en formas que lo sorprenden. Un material liviano, que continúa expandiéndose y pinta con colores brillantes agregándole lauchas, gatos, loros, huesos. Nuevamente el humor.

En las obras de León Ferrari coexisten la denuncia implacable y la más gozosa belleza. Sus collages y esculturas nos llevan de la sonrisa a la consternación, de la alegría a la furia. Una obra frente a la cual es imposible una contemplación tranquila, imperturbable, serena. Nos involucran el encanto de las formas y lo ineludible del sentido representado.
 
Curadores: Andrea Giunta y Liliana Piñeiro

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